Un vaso es un recipiente, por lo general de forma cilíndrica, usado para beber líquidos. Baso, por su parte, es el verbo basar conjugado en primera persona; significa apoyar una cosa en otra, o apoyarse en alguna cosa determinada. Bazo, por su lado, se refiere a una víscera propia de los animales vertebrados.
En América, vaso, baso y bazo son palabras homófonas, que suenan igual pero se escriben de forma diferente, puesto que no hay distinción fonética alguna entre los sonidos de v y b, o de s y z. En España, en cambio, donde sí hay diferencias la pronunciación de la s y la z, vaso y baso, con respecto a bazo, son consideradas palabras parónimas.
Cuándo usar vaso
Un vaso es un recipiente de vidrio, metal o cualquier otro material, por lo general cilíndrico, capaz de contener líquidos en su interior, normalmente para ser bebidos. Sin embargo, tiene también muchas otras acepciones menos comunes: puede ser un orinal, una obra escultórica semejante a un jarrón, un depósito natural de líquidos, el conducto a través del cual circula la savia en un vegetal, o el conducto por el que circula la sangre en los animales. La palabra, como tal, del latín vasum.
Por ejemplo:
- Quiero solamente un vaso de agua.
- Antonio fue a orinar en el vaso, pero no apuntó bien.
- Los vasos sanguíneos son fundamentales para la vida.
Cuándo usar baso
Baso es el verbo basar conjugado en primera persona de singular de presente en modo indicativo. Se refiere a la acción de poner algo sobre una base o soporte, o apoyar una cosa en otra. También significa apoyarse en algo, que sirve como base o punto de partida para otra cosa.
Por ejemplo:
- Baso lo que digo en todos los libros que he leído.
- Me sorprende que nadie me pregunte en qué me baso para afirmar semejante cosa.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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