Sinfín es un sustantivo que significa infinidad, multitud o muchedumbre de cosas o personas. Sin fin, escrito separado, es una locución adjetiva que es sinónimo de sin número o innumerable.
Sinfín y sin fin tienen funciones gramaticales diferentes, de modo que confundirlas a la hora de escribir constituiría una incorrección. Para evitar esto, a continuación te dejamos algunas claves para saber diferenciarlas.
Cuándo usar sinfín
Sinfín es un sustantivo masculino; se refiere a una infinidad o muchedumbre de cosas o personas. Por tratarse de un sustantivo y funcionar gramaticalmente como tal, se escribe siempre en una sola palabra.
Por ejemplo:
- Su esposa le hizo una escena en público y le dijo un sinfín de barbaridades.
- Habían planeado un sinfín de cosas para un viaje tan corto.
- Un sinfín de personas hacía fila frente al establecimiento.
Cuándo usar sin fin
Sin fin es una locución adjetiva; se emplea con el sentido de ‘sin número, ‘sin límite’ o ‘innumerable’, asimismo, tratándose de una correa, una cadena o un tornillo, significa que esta o este pueden girar continuamente, pues son cerrados. La expresión, como tal, se conforma con la preposición sin y el sustantivo fin. Debido a que gramaticalmente funciona como un adjetivo, aparece generalmente pospuesto a un sustantivo.
Por ejemplo:
- Caminaron largo rato por una calle sin fin.
- En aquella época manteníamos charlas sin fin hasta las tantas.
- La cadena giraba interminablemente, pues era una cadena sin fin.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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