Sellar significa poner un sello o dejar huella, así como cerrar o finalizar algo. Cellar, dicho del hierro, se refiere a un forjado específico para ciertos usos.
Estas dos palabras son homófonas en la mayor parte de países de habla hispana debido a que las grafías /c/ y /s/ se pronuncian igual cuando forman sílabas con las vocales /e/, /i/. En cambio, en España, donde se pronuncian de modo diferente, sellar y cellar son palabras parónimas.
Cuando usar sellar
Sellar es un verbo que designa la acción de poner un sello en una superficie, marcar o dejar una huella, imprimirle un carácter a algo, cerrar o tapar herméticamente, concluir alguna cosa. También es un procedimiento culinario aplicado a las carnes.
Por ejemplo:
- El funcionario de migración selló mi pasaporte.
- El director debe firmar y sellar el documento.
- La alegría y el color sellan sus pinturas.
- Su infancia en el mar lo selló para siempre.
- Hoy aprendí a sellar los envases para conservar los alimentos.
- Sellé muy bien las cajas donde guardé los libros.
- El evento se selló con un acto musical.
- El pacto se selló con un apretón de manos.
- El cocinero explicó como sellar la carne.
Cuándo usar cellar
Cellar se dice del hierro que ha sido forjado en barras para la elaboración de aros o cellos para sujetar las paredes de pipotes o cubas y para las celadas de las ballestas.
Por ejemplo:
- El hierro cellar debe medir 5 x1.
- Esta empresa fabrica hierro cellar para la elaboración de barriles.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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