La palabra aguacate proviene del náhuatl ahuacatl, voz que en esta lengua amerindia significa ‘testículo’.
Aguacate, como tal, es el nombre con que se denomina un árbol originario de América, así como la palabra con que se designa el fruto que esta planta da, muy apreciado en la gastronomía por su sabor y sus propiedades.
El significado etimológico original de esta palabra surge en alusión a semejanza de la forma del fruto del aguacate con esta glándula sexual masculina, que presentar un aspecto ovoide, periforme o alargado.
Sin embargo, el aguacate también recibe otros nombres de uso común, como palta, voz de origen quechua con que se designa a este fruto en países como Perú, Chile, Argentina y Uruguay. También en Colombia, en algunas regiones, se lo denomina cura, palabra proveniente del chibcha.
El nombre científico del aguacate, por su parte, es persea americana.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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