Cómo se escribe ¿Wi-Fi, Wifi o Wi Fi?
La tecnología avanza tan rápido que muchas veces los términos que designan a varios de sus componentes llegan a nuestro idioma intempestivamente y muchos no logran incorporarlos tan rápidamente al lenguaje, sumado a que muchos de estos términos tecnológicos provienen de lenguas extranjeras, en especial el inglés, lo que puede causar aun más confusión.
En este artículo abordaremos un caso de esta problemática, analizando si escribir wi-fi o wifi, el término que designa a las conexiones inalámbricas a Internet. Algunos ejemplos de palabras tecnológicas que producen confusión en la escritura son móbil o móvil, clic o click y eslogan o slogan, entre otros.
La palabra ‘wi-fi‘ es una marca registrada del inglés, designando la conexión inalámbrica para conectarse a Internet. Si bien esta forma es la correcta en el inglés, no está considerada por la Real Academia Española como parte del idioma español.
La palabra ‘wifi‘ sí es recogida por la RAE, siendo la versión castellanizada (o españolizada) del término en inglés ‘wi-fi’. Siendo así, te mostramos algunos ejemplos de su uso:
- No me puedo conectar al wifi, hay un problema con el módem.
- ¿Este restaurant tiene señal wifi?
La palabra ‘wi fi‘, con una separación en el medio, también es aceptada por la Real Academia Española, pudiendo usarse indistintamente junto a wifi.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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