Cómo se escribe ¿Jaquear, Haquear o Hackear?
Jaquear equivale a dar jaques en el mundo del ajedrez, o bien poner en jaque a alguien o algo. También puede aplicarse al mundo de la informática, equivaliendo a introducirse de forma no autorizada en un sistema informático. Hackear, por su parte, es un sinónimo de jaquear, cuando este último se refiere al mundo de la informática. Haquear, a su vez, no existe en el idioma español.
Jaquear y hackear son palabras homófonas, ya que se pronuncian de la misma forma. Cuando hablamos de hackear, la «h» no es muda, sino se pronuncia con un sonido aspirado, derivándose esta fonética del uso de la «h» en inglés, pues hackear proviene de hacker, un anglicismo que equivale a «pirata informático».
Cómo usar jaquear
Jaquear, como habíamos anticipado, equivale a dar jaques en el mundo del ajedrez, pero también se extrapola al mundo real, significando «poner en jaque a alguien o algo» o bien «dar actos de hostilidad con el enemigo».
Ejemplos:
- Las tropas enemigas están a punto de jaquear la ciudad sitiada.
- En la siguiente movida del peón te voy a jaquear, y tendré la victoria casi asegurada.
- ¿Cómo puedo jaquear al rey en esta partida de ajedrez?
Jaquear también se usa mucho en el mundo informático, pues equivale a introducirse de forma no autorizada en un sistema informático.
Ejemplos:
- Si no usas un antivirus, te pueden jaquear la computadora fácilmente.
- Esta empresa utiliza un cortafuegos para impedir que algún pirata pueda jaquear sus archivos.
Cómo usar hackear
Hackear es un verbo que deriva del término inglés «hacker», que denota a un pirata informático, y se se puede usar indistintamente con jaquear, siempre y cuando solo se refiere al mundo de la informática. Eso sí, como hackear tiene una fuerte influencia del inglés, se sugiere escribirlo en cursiva.
Ejemplos:
- No des tu clave del PC para que nadie te vaya a hackear la computadora.
- Los gobiernos siempre tratan de hackear información sensible de gobiernos enemigos.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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