Cómo se escribe ¿Hinchada o Inchada?
La forma correcta de escritura es hinchada, con h, pues el término inchada no existe en el español.
La RAE define a hinchada como «multitud de hinchas», o sea, una gran cantidad de personas alentando a un equipo deportivo, o bien a un grupo de seguidores. Algunos sinónimos de hinchada podrían ser: partidarios, fanaticada, etc.
Ejemplos:
- La hinchada de este equipo de fútbol grita mucho.
- El es una estrella de la televisión que siempre tiene una hinchada de gente que lo sigue en sus eventos.
Por otra parte, hinchada es el femenino del adjetivo hinchado, el cual puede significar «vano» o «presumido», pero también puede referirse a un lenguaje que abunda en palabras y expresiones redundantes, hiperbólicas y afectadas.
Ejemplos:
- Este es un panfleto político con una forma de expresión hinchada y grandilocuente.
- Ella esta toda hinchada ahora que se compró una cartera cara.
- Su personalidad es hinchada porque se cree mejor que el resto.
Sinónimos de hinchada
- Inflamada
- Agrandada
- Abultada
- Aumentada
- Inflada
- Henchida
Cómo se dice hinchada en otros idiomas
- Cómo se dice hinchada en inglés: swollen
- Cómo se dice hinchada en portugués: inchada
- Cómo se dice hinchada en italiano: gonfio
- Cómo se dice hinchada en catalán: inflat
- Cómo se dice hinchada en francés: gonflé

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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