Budú o Vudú: ¿Cuál es la diferencia entre ambas?
Existen en el español muchas palabras que solemos confundir su uso, y entre ellas destacan las que tienen una -b o -v. Ya que ambas consonantes tienen una pronuncación parecida (sobre todo cuando hablamos rápido o modulamos no tan bien), el no tener claro cuándo usar una u otra no es un problema en el lenguaje hablado, pero sí puede serlo en la escritura. Hoy veremos el caso de cómo escribir correctamente entre budú y vudú.
Antes de embarcarnos en el artículo en sí, aprovechamos de comentarte que hay varios ejemplos interesantes de descubrir que también envuelven la duda entre la -b y la-v, como por ejemplo: báter o váter, cabar o cavar, voga o boga y vidente o bidente, entre otros.
¿Existén budú y vudú en el diccionario?
Lo primero que debemos hacer, antes de conjeturar sobre cuándo usar una u otra palabra, es ver si efectivamente existen en nuestro diccionario, y la mejor forma de hacerlo es consultando en la RAE (Real Academia Española), que es la que define lo que es correcto o no en el lenguaje español. Siendo así, hemos ya hecho la consulta y hemos comprobado que budú no existe en el idioma español, al no aparecer en el diccionario de la RAE. Por lo tanto, la forma correcta de escritura es vudú, con -v.
¿Cuál es la definición de vudú?
Ahora que sabemos que vudú es la forma correcta de escritura, te podemos decir que vudú es una religión que proviene de África, más concretamente de la parte occidental del continente, siendo de hecho aún practicada en algunas etnias. Este cuerpo de creencias religiosas y esotéricas incluyen el culto a las seprientes, realización de sacrificios animales, fetichismo e incluso la práctica del trance como una forma de intentar comunicarse con lo sobrenatural. Sin duda, habremos visto algunas de estas manifestaciones en alguna revista o películas, como el caso de la muñeca que recibe pinchazos de alfileres, lo cual se traspasaría automáticamente a alguien a quien se le quisiera hacer daño.
Sin embargo, también podemos referirnos a vudú como el sincretismo que sufrió la religión original en el área del Caribe (por medio de los esclavos que habían sido traídos allí desde África) con la religión católica romana. Por lo tanto, podemos ver hoy una variedad de creencias que van variando según el país o región en que nos encontremos, no solo en el Caribe, sino también en América del Sur. Entre las derivaciones o manifestaciones locales del vudú tenemos a:
- el Candomblé, la Macumba y la Umbanda (Brasil)
- el vudú haitiano (Haití)
- la Santería (Cuba y República Dominicana)
- La Regla de Ocha (Cuba)
- Otro tipo de manifestaciones (Colobia, Venezuela, Puerto Rico, etc)
Lo que parece ser común a todas o casi todas estas manifestaciones es la creencia de una entidad sobrenatural superior, que tiene diversos nombres según donde estemos, pero que no es accesible por los humanos, razón por la cual la comunicación debe hacerse por medio de los loas, una especie de deidades intercesoras o intermediarias. Sería entonces el trabajo del sacerdote vudú el poder entrar supuestamente en contacto con estos loas, por lo sus practicantes creen que el loa hablaría por medio de estos nexos humanos, a quienes se les respeta y venera. El nombre de estos sacerdotes es de mambo, en el caso de la mujer, y de houngan, en el caso de los hombres.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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