Balón y valón son dos palabras de distinto significado, pero igual pronunciación.
Un balón es una pelota grande usada en los deportes, un recipiente de vidrio esférico o un bulto de mercancías.
Valón, por su parte, es aquello procedente o relativo de la región de Valonia (Bélgica), un tipo de prenda de vestir antigua o las crines recortadas de un caballo.
Balón y valón son palabras homófonas debido a que las letras b y v representan exactamente el mismo sonido en español.
Asimismo, balón y valón, además, son ambas palabras polisémicas o con varios significados.
Cuándo usar balón
El sustantivo balón, en su acepción más generalizada, remite a la pelota grande usada en algunos deportes o con fines medicinales.
Asimismo, se denomina balón un recipiente de vidrio, redondo y de cuello alargado, que se emplea para destilación, o también un recipiente usado para contener gases.
Por último, balón puede, del mismo modo, referirse a un fardo o bulto de mercancías.
Por ejemplo:
- El balón llegó directo al fondo de la red.
- Para aliviar mis dolores, me recomendaron ejercitarme con un balón terapéutico.
- En el laboratorio de química nos enseñaron a usar el balón de destilación.
- Necesito comprar un balón de gas.
- La carga consiste en un balón de resmas de papel.
Cuando usar valón
Como adjetivo, valón (y valona) se usa para referirse a lo propio o relativo a la región de Valonia, en Bélgica, y a sus habitantes. Como sustantivo, valón es el idioma hablado en esa región.
Valón es también el nombre de un tipo de cuello y de un calzón muy ancho, ambas prendas de vestir populares durante los siglos XVI y XVII.
Asimismo, en ciertas regiones de América, valones son las crines recortadas que cubren el cuello de las caballerías.
Por ejemplo:
- No conozco a nadie nacido en territorio valón.
- Quisiera leer un poema escrito en valón.
- El cuello valón se confeccionaba con lino o lienzo.
- El personaje iba vestido de valón y manta.

Soy catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nací en 1968.
Hice el bachillerato de Ciencias; a los catorce años es difícil tener una orientación definida. En Preu me pregunté: “¿qué hago yo aquí, si a mí lo que me gusta es la literatura?”, y me pasé a Letras. En segundo de carrera la vocación se afirmó con la conciencia clara de que solo podía dedicarme a la investigación y a la docencia en Literatura. Pero mi preferencia estaba, no por la Contemporánea, sino por la literatura de los Siglos de Oro. Ya estaba iniciando la tesina sobre los cancioneros de Amberes de Jorge de Montemayor, cuando asistí al curso de José-Carlos Mainer sobre la “Edad de Plata”. Aquello removió mi fondo de lecturas juveniles, y pude verlas a una nueva luz. Cambié a Montemayor por Pérez de Ayala, y fui adentrándome en esa época fascinante: el “fin de siglo” y los treinta primeros años del XX.
No abandoné la literatura de los Siglos de Oro; en la docencia siempre me he dedicado a esta época con verdadera pasión. En los más de cuarenta años que llevo en las aulas, siempre he asumido la docencia de los siglos XVI y XVII, con preferencia, este último. No hay nada, en mi profesión, comparable a tratar con detenimiento sobre el Quijote. Para mis colegas soy un investigador en Contemporánea; para mis alumnos, un profesor de Renacimiento y, sobre todo, de Barroco.

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